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azuldeblancos

sin olor

sin olor

Me ha venido a la memoria una conversación que tuve de pequeña con mi hermana mayor.
- ¿sabes qué?, pobre hombre, el vecino de enfrente no tiene olfato
- ¿qué significa eso?. - Le contesté a mi hermana
- Pues igual que un ciego no ve, o que un mudo no habla o que un sordo no oye, él no puede oler.
Entonces le dije, convencida de mis palabras - Qué dices, no me compares no ver o no oir con no oler, no te pasa nada si no hueles las cosas, incluso es mejor, porque no te enteras de cuando huele mal.

Hace pocos días me crucé con este señor, el vecino de enfrente de mi casa (aunque ya no viva ahí, sígo llamándola mi casa) y recordé esa conversación. Entonces sí me di cuenta de lo que le habían robado:

No poder transportarse a esos momentos mágicos que sentimos al reconocer un olor familiar, el olor del campo en verano al anochecer, el olor propio de la casa de tu amiga de la infancia, el olor de la ropa de la persona que echas de menos, el olor de la colonia del primer amor, el olor del té con caramelo, el olor de la piel excitada, el olor de la leña calentándote en la chimenea, el olor de la lavanda en primavera, el olor de un paseo bajo los naranjos en flor, el olor de una comida preparada con esmero, el olor de las hojas de un libro, el olor de tu madre, el olor de la lluvia, el olor de una fresa al ser mordida, el olor del bosque al despertar en una tienda de campaña, el olor de tu casa cuando llegas de viaje ...

Tengo que acordarme de decirle a mi hermana el próximo día que la vea - Montse, tenías razón, qué putada no tener olfato. No va a saber de que lé hablo, pero tenía razón.

Echo de menos ...

Echo de menos ...

Me ocurre a menudo que cuando termino un libro de los que me encantan, en los días siguientes echo de menos a sus personajes e historias.
Pero lo de ahora es especial: echo de menos a Juan, a Maribel, a Sara, a Alfonso, a Damián, a Charo, incluso a Nicanor. Echo de menos los aires de Cádiz, el Madrid de hace unos años, la casa de Doña Sara, el barrio de Tetuán, las últimas filas de los cines de los ochenta, la playa, el chiringuito junto al puerto, ...
¿Conoceis esto?, si es así, me entendereis.
Si no os suena a nada, no os lo chafo y os recomiendo leer Los Aires Difíciles de Almudena Grandes; puede que no os guste tanto como a mí, a mí me ha fascinado; terminé de leer esta novela hace tres semanas y debo hablar de ellos, de lo que me han gustado, de sus sentimientos, de la forma que tiene esta autora de describir el sentir de los personajes ...
...que te hace después echarlos de menos.

Lloro

Lloro

Hace algo más de un año que falleció, y todavía lloro, aunque al menos, ya puedo hablar sobre ello.

Se fue sin poder despedirme, sin imaginármelo, aunque su enfermedad estuviera ya muy avanzada. Avisaron los médicos que ya no había vuelta atrás, que el mal funcionamiento del hígado estaba intoxicando la sangre, que la quimio sólo retrasaría un poco el desenlace y que en sus últimos días perdería la lucidez. Pero él no podría soportar eso, podría soportar la muerte, pero nunca perder la cabeza, quizás por eso luchó tanto y la mantuvo hasta el último momento y quizás por eso se me camufló tanto su empeoramiento. Puedes tratar de asumirlo, pero hasta que no rompe ese doloroso momento, no ha pasado, todavía él está aquí.

No le vi el día anterior, me dijeron que estaba muy mal, pero no puede imaginar que ya había llegado el momento.

Eran las nueve y me llamaron para decirmelo: "puede que haya muerto, no respira y tiene las pupilas dilatadas, hemos llamado a una ambulancia". Tardé en llegar menos de veinte minutos; ni ambulancia ni nada; sólo llorar, sólo asimilar, sólo mirarnos unos a otros acompañados de silencio, dándonos el abrazo más sentido que nos hayamos podido dar nunca. Y faltando ya alguien.

Durante todo un año, llorando en mis momentos de soledad, nunca con nadie, sólo con él, desde donde estuviera.

Y ahora he llorado contigo, y este lloro ha sido el más amargo y también el que más me ha aliviado.

Perdóname por haber necesitado antes todos esos lloros en soledad.

Imagen: Lagrima1, de la serie Ventanas del Alma, de Nicoletta Tomas Caravia

Rincones

Rincones

De vez en cuando, encuentro rincones curiosos, objetos que permanecen en el tiempo con toda su personalidad entre otro montón de cosas con las que no guardan ninguna relación.
Estaba entrando el tren a Madrid, por las vías que parecen esquivar las grandes y acristaladas torres de oficinas de Méndez Álvaro, el luminoso y ostentoso centro comercial, la estación de autobuses, la congestionada M-30, los altos bloques de viviendas y algunas que otras naves y talleres.
Allí la encontré: abriéndose un íntimo espacio entre todas esas prepotentes edificaciones. Era una sencilla casita con tejado a dos aguas; tejas de color teja, como deben ser; paredes de ladrillos todos distintos unos de otros creando una original y heterogénea textura en el muro; una sencilla puerta de entrada desde una calle que no era calle ni jardín, era tierra; una balconada que recorría los pocos metros de fachada y a la que se asomaban cuatro ventanas con persianas de madera; unas cuerdas de tender la ropa se extendían a lo largo de esa balconada, sosteniendo únicamente prendas de tonos rojos.
Pensé ¿será que vive tanta gente en esa pequeña casita, que tienen prendas suficientes de color rojo entre todos como para hacer una colada completa? ¿será que quien vive allí ha trabajado durante estas fiestas de Papá Noel en alguno de esos agobiantes centros comerciales?
No sé cómo será la vida en esa casita, no sé cómo serán sus habitantes, pero sí sé que esa casa mostraba un extraño orgullo. Ella, insignificante, permanece allí con el paso del tiempo.

Y que sea mucho tiempo, se lo merece.

Me despertó una flor

Me despertó una flor

Sonó el despertador muy temprano en la habitación del hotel sevillano en el que me encontraba por razones de trabajo; mi jornada comenzaba ese día muy pronto, de modo que me levanté, me duché, cerré la maleta, guardé el portátil en su maletín y me dirigí al salón de desayunos.

Llegué la primera. En el salón vacío tan sólo estaba el ajetreado personal del hotel terminando de colocar todas las delicias ofrecidas a los huéspedes esa mañana.

Las mesas estaban impecablemente preparadas, esperando cada una a ser ocupada por alguien para ofrecerle el mejor trato y comodidad. Sin pensar demasiado mi elección, me dirigí a una de ellas, dejé allí mis pertrechos y fui a por un zumo de naranja, un par de galletas de avena y un par de piezas de fruta. Cuando me senté, me sirvieron el deseado café de todas las mañanas y me dispuse a desayunar.

Estaba dando un sorbito al café con la mirada perdida en los ventanales del salón, cuando sentí una presencia, una mirada; bajé la vista y me encontré con que tenía en mi mesa una preciosa flor azul abierta hacia mí, sorprendiéndome con unos originales "buenos días". Esto me despertó más que el café, pero aún me sentí mejor cuando encontré que en el resto de las mesas, todas las flores estaban todavía cerradas.

¿se abrió la flor para agradecerme que la eligiera entre todas las demás? ¿o estaba ya abierta cuando llegúe al salón y me fui hacia ella sin fijarme?

Piel de chocolate

Piel de chocolate

Derritiéndose, se va haciendo más apetecible al licuarse a medida que siente mi intenso calor; la saboreo y quiero más.
Se vuelve acogedora, muestra su tacto más suave, templado y dúctil.
Me embriaga cuando mis labios la encuentran y me penetra su aroma.
Encuentro su pureza en su intensidad, cuando me atrae con la irresistible y poderosa fuerza a la que me entrego.
Con la dulzura del mejor chocolate, que no puede empalagar ni saciar mis ganas de más.
Oscura, despierta en mí ansiosas ideas para deshacerla con las caricias de mi lengua.
En ocasiones se muestra amarga, y también así la deseo, dura y adictiva.

Pequeños tesoros

Pequeños tesoros

- ¡Lara, venga, levanta y ven a desayunar!- gritó su madre desde la cocina.
- Yaaa voyyyy - respondió con pogas ganas la niña desde su cuarto.
Tras unos momentos de remoloneo, salió de su acogedora cama, tiritó un poco para pelear con el frío de su habitación, se calzó las zapatillas de peluche que le habían regalado en su último cumpleaños y se puso el uniforme del cole. Al contrario que a todas las niñas de su clase, a ella no le importaba ir con uniforme, porque éste no le obligaba a pensar cada día en qué ponerse a esas horas en las que su cabeza no quería ocuparse en otra cosa que no fuera en el último sueño.
Lara, arrastrando los pies por el pasillo, fue a encontrarse con su colacao calentito y con sus hermanos en la mesa de la cocina. Juan y Pablo eran sus nombres, y todas las mañanas desayunaban con sus clics, cada uno con los suyos, y aunque los mezclaran sobre el mantel, a la hora de irse, cada uno de ellos sabía si la moto, o la clica, o el caballo, o el sombrero que andaba suelto, era suyo o no. Lara tenía sus propios tesoros; ella no desayunaba con ningún juguete, pero tenía su propia taza de desayuno que no permitía usar a nadie más: grande, bajita, redonda y con un tacto agradable hecho ya a sus manos.
Era la hora de irse, y su padre les esperaba en el coche para ir al cole. Lara, con la mitad de su cabeza todavía dormida, fue a su habitación, y metió en su pequeño maletín de chapa con forma de "school bus", su muñeca de trapo, el termo del ratón micky con el colacao para el recreo, el paquetito de galletas preparado por su madre, los cromos repes de su colección con la lista de los tenía que conseguir para rellenar el álbum, y un trozo de hilo que usaba para fabricarse collares con pequeñas flores violetas que florecían cada marzo en los terrenos de su colegio. Cogió también su cartera, que ya había dejado preparada la tarde anterior tras hacer los deberes, con los libros, cuadernos, lápices de colores, ceras y estuche con sus bolis favoritos. Se le olvidaba el trabajo de "naturales" que había preparado marcando sobre hojas de papel la textura de las cortezas de los árboles del parque con lápices marrones de distintos tonos; lo metió con cuidado en la cartera, a pesar de que casi no cabía, y salió acompañada con lo que ese día, hasta que volviera de nuevo a casa, eran sus tesoros.

No eres tú

No eres tú.

No eres tú; a quien quiero tanto, que duele.
No eres tú; el que me enamoró.
No eres tú; el que me repetía sin pararse a respirar que me quería más que a nadie en el mundo.
No eres tú; el que me enseñó a amar.
No eres tú; el que me a ayudado a ser lo que soy.

No eres tú.

Porque me estás mintiendo,
porque no piensas el daño que me estás haciendo,
porque tú nunca me habrías hecho ni la cuarta parte de esto,
porque yo confiaba en tí,
porque tú eras lo mejor de mi vida.

No eres tú.

Porque tú me querías,
porque tú no podías vivir sin mí,
porque tú querías pasar el resto nuestra vida juntos,
porque tú eras sincero,
porque tú eras lo mejor de mi vida.
porque esta que has dejado aquí rota, tampoco soy yo.

Éste, ya no eres tú.

solo de chelo

solo de chelo

Una soledad deseada.
Sólo él; se oye suavemente el sonido cálido y profundo de la crin tensa transmitiendo una tenue vibración a las cuerdas, ampliada por el acogedor espacio encerrado en la madera de sinuosa forma.
Los dedos de una mano en el mástil mantienen la complicidad con la graciosa muñeca de la otra, que decide con una caprichosa sabiduría la dirección de movimientos del arco en su afán de virar de notas graves a agudas.
Parece que el músico abraza al instrumento a medida que se va conformando una melodía que nunca volverá a sonar igual; cada solo de chelo es único e irrepetible.

Propósitos para este año

Propósitos para este año

No es que llegue tarde, es que no para mí no comienza el nuevo año hasta que no terminan todas las fiestas (y al fin han terminado).
Mañana es día 10, y lunes; no hay momento más oportuno para comenzar a:
· Ser más cariñosa: últimamente mi timidez se había convertido ya en sequedad, incluso he visto asomar en algún momento un ápice de arrrogancia, ¡y eso, no!
· Olvidarme del trabajo cuando ya haya salido de él: mi curro me gusta, pero me absorbe los pensamientos hasta cuando estoy fuera; a partir de ahora voy a ocupar mi mollera en cosas más interesantes y fructíferas para mí y quien me rodea.
· Aprender francés de una vez: me compré un método de aprendizaje hace dos meses ¡y estoy en la primera lección!
· Sonreir, sonreir y sonreir: quien me conoce de hace años, recuerda de mí una sonrisa ¿por qué habré cambiado mi sonrisa por una cara de haba?
· Ir a nadar 2 veces por semana: no es que no me guste, me encanta y salgo de la piscina como nueva, pero entre unas cosas y otras, no voy más de dos veces al mes.
· Ordenar la colección de pelis.
· Ganar alguna vez a las acuarelas; me enfrento poco a ellas, y por eso se empeñan en que no quede en el papel lo que yo quiero.
· Tratar mejor al móvil: me han traido los reyes uno chulísimo, con cámara de 1,3 megapíxeles, reproductor de mp3, y todo lo que le pidas, ..., a ver si le doy menos golpes que a los anteriores.
· Disfrutar más los momentos en soledad: ya no me quedo en la ofi a comer, salgo a ver el sol, paseo, devoro los libros que hacían cola esperándome, y de vez en uando compro cosillas chorras.
· Comprar menos cosillas chorras (es divertido, pero creo que me paso de consumista).
· Hacer las compras de reyes del año que viene con al menos una semana de antelación (este año otra vez se me acumularon el día 5, y compré los regalos agobiada, cansada y sin ilusión, ¡había que pegarse con la gente para que te cobraran en los grandes almacenes!).
· Aunque suene superfluo: no volver a ganar los kilos que me he quitado, yo creo que me echan de menos y siempre se empeñan en volver conmigo.
· Seguir escribiendo mi blog(sólo existe desde el pasado día 3 de enero); como dijo alguien que me visitó el primer día, esto engancha, así que este propósito no será dificil de realizar.
· Seguir leyendolos vuestros; esto me resultara más fácil todavía, qué pelota, ¿eh? ;)
· Pasar más ratitos con mi madre, nos hace falta a las dos.
· No dejar la ropa que me he puesto cada día colgada del espejo, hasta que ya no puedo ni verme.
· Decir "te quiero" a quien quiero, espachurrarle con abrazos y comerle a besos más a menudo.
· En definitiva, tratar de ser más feliz yo y de que sean más felices todos los que me conozcan.

Fotografía original de Lewis Hine, 12 de noviembre 1908

Mis sancheski

Mis sancheski

Cuando las jugueterías no eran como ahora; cuando el juguetero conocía el nombre de los niños que iban a disfrutar con cada artículo que él vendía; cuando no era obligatorio indicar en el envoltorio los meses o años mínimos que tenía que tener un chavalín para disfrutar de esos objetos tan deseados; cuando uno, siendo cani, podía darse un trastazo y no había más problema que aplicar un poco de mercromina (y lucirla luego bien, claro).
Por aquel entonces yo disfrutaba de mis sancheski: esos oxidados patines que cambiaban de talla a medida que te ibas haciendo más grande, a medida que tu cuerpo iba cogiendo más inercia en las caídas, a medida que eras capaz de alcanzar más velocidad, a medida que conseguías hacer giros sin poner los brazos en cruz y sacar el culo.
¡Ah!, qué habrá sido de esos patines que en cuanto entraban unos granitos de arena entre los rodamientos, frenaban sin avisarte de que tu centro de gravedad iba a cambiar de pronto. Qué habrá sido de esos patines a los que cuando se les gastaba el freno, la dentera hacía que toda tu piel se volviera de gallina. Qué habrá sido de esos patines que te producían unos estupendos cardenales en las espinillas en cuanto te descuidabas.

Pues yo, echo de menos los sancheski, llamadme nostálgica.

¿no ves que necesito tu sonrisa?

Necesito esa que usas para darme los buenos días,
necesito esa otra con la que sabes que me desarmas,
necesito también la que sólo yo puedo ver en tus ojos,
necesito la que me muestras cuando soy tu mejor amigo.

También necesito esa sincera, espontánea y breve,
y esa que se acompaña de una suave risita,
y esa con la que se pronuncian las arruguillas junto a tus labios,
y esa con la que te haces cómplice mía.

Necesito tu sonrisa tierna,
necesito tu sonrisa amable,
necesito tu sonrisa amiga,
necesito tu sonrisa agradecida.

No cambies la que tu cara muestra sin que te des cuenta,
no cambies la que enrojece tus mejillas,
no cambies la que demuestra que eres buena,
no cambies la que no ha cambiado desde que eras niña.

Sonríeme ahora como cuando te sorprendo,
sonríeme ahora como cuando tratas de animarme,
sonríeme ahora como cuando me dices que me quieres
sonríeme siempre con tus otras mil sonrisas.

Su cuello

Su cuello

El pelo recogido, sin tiranteces, dejando la piel del cuello tensarse por sí misma desde la nuca hasta hasta la primera vértebra destacada, desde la hoquedad bajo sus orejas hasta la línea que dibujan sus clavículas. A él le vuelve loco su cuello, a ella le vuelve loca ofrecérselo para sus juegos y caricias, o simplemente para deleitarle con su visión; es en ese momento, cuando ella va corrigiendo su postura casi sin quererlo, como tratando de darle más longitud a ese valioso fragmento de su cuerpo hasta mostrar la elegancia más delicada, aromática e irresistible que a él le enloquece cada día.

Esperando una visita

Esperando una visita

Quino estaba harto de ver en las películas y leer en los libros, y escuchar en las leyendas, que los muertos siempre vuelven a despedirse. Sabía que lo suelen hacer mientras uno duerme; aparecen en tus sueños, te despiertas con una sensación de inmenso cariño, y pensando que tienes a esa persona cerca, que no se ha ido, que vendrá a visitarte con frecuencia, y que nada ha cambiado desde que se fue.
Pero Quino no recibía esa visita. Su padre había fallecido después de esa maldita enfermedad, y a él le quedó un vacío que no sabía explicar. Intentando llamar la atención a ese señor que deja o no deja salir a los muertos a hacer esas visitas tan esperadas por los vivos, Quino trataba de dormirse pensando en él, en lo feliz que le había hecho, en lo orgulloso que se había sentido su padre de sus logros, en que tenía ganas de presentarle al que dentro de dos meses hubiera sido su nieto, ... Pero su padre no le visitaba.
Nació el bebé y Quino lloró de alegría, de tristeza y de tener una mezcla tan extraña de sentimientos entre el agradecimiento y el rencor a ese señor que decidía cuándo debía irse alguien y cuando no, cuándo debía llegar alguien y cuándo no, cuándo vienen las visitas y cuándo no.
Ahora Quino disfruta con su hijo como él lo hizo con su padre; le habla mucho de su abuelo, porque alguna vez escuchó, que nadie se ha muerto del todo mientras alguien le recuerde y hable a los demás acerca de él. Y le habla también de ese señor a quien Quino guarda tanto rencor, el que todavía no ha dejado que su padre le haga la visita que continúa esperando.

Bienvenidos a azul de blancos

Bienvenidos a azul de blancos

Está muy oído: año nuevo vida nueva.
Hoy comienzo con la pequeña (humilde) pero gran (con grandes esperanzas) INAUGURACION de este blog.
Espero contar con vosotros para ayudarme al principio, corregidme, asesoradme y felicitadme (si se da el caso).
En principio mi objetivo es encontrarme, ahora estoy, pero en una existencia que ha caído en la monotonía. Quiero tener ilusión, quitarme de encima esa nube GRIS y PESADA que me hace pasar por los días sin ningún despertar.
Creo que me vendría bien un poco de apoyo, ya vereis como dentro de poquito os sentireis agradecidos, os pienso dar lo mejor que pueda de mí misma.

GRACIAS A TODOS Y ESPERO ENCONTRAROS A TODOS MAÑANA.