Sin que me vean
Hoy me he hecho invisible.
Voy a explicarme, el día ha empezado bien, ahora pienso que me quería pillar desprevenida. Me ha hecho creer que me cuidaría, y yo, confiada, lo he creído como la niña que levanta el rostro para mirar al maestro y asentir con la franqueza más devota.
Unas horas después, sin avisarme, ha empezado a darme empujones por todos lados, empujones que no me dejaban respirar, que aceleraban el ritmo de mis latidos y animaba al mal humor a cabalgar sobre ellos alrededor de mi cabeza. Y así han pasado unas horas, unos ratos al trote, otros al galope, como la canción que me enseñaron de pequeña. Tormentosas horas tras las cuales me he sentido tan hueca de vida como un salón de revista de decoración, tan triste como una cuna cubierta de telarañas, tan patética como un zapato de tacón alto tirado en la calle, tan desagradable como una colilla apagada en un plato de comida.
Y aunque tenía verdaderas ganas de vengarme de este día por hacer que me sintiera así, he decidido ser benévola y desaparecer, mejor hacerme invisible y que el día continúe sin mí, no necesita el mundo más desgracias. Mi cuerpo ha continuado con sus obligaciones, mi voz ha seguido hablando, mis manos han seguido obedeciendo a una cabeza puesta en modo automático, pero el resto de mí ha dejado de verse.
He vuelto a casa sin que nadie me viera, y una vez en ella, tampoco nadie me ha visto. Sigo invisible e invisible me iré a dormir, pero cuando despierte mañana tengo que acordarme de volver a aparecer, que con perderme un día ya es suficiente, que lo pierdan mañana otros.
-->